Historia

Villalba puede enorgullecerse legítimamente de ofrecer abundantes y preciosos testimonios que evidencian una personalidad histórica desde el Paleolítico hasta nuestros días. Acreditan, sobradamente, este hecho un gran número de documentos de singular valor: abrigos de los primeros pobladores, construcciones funerarias del Neolítico, muestras del Megalítico, y las primeras aldeas fortificadas, los castros, todos ellos pruebas evidentes de la primera ocupación humana del territorio.

Tal como refiere el historiador villalbés Mato Vizoso, las primeras menciones a la actual villa datan del siglo VI. En efecto, en textos documentales se alude a Santa María de Montenegro, villa amurallada y con castillo bajo la protección de la familia del mismo nombre. Estos nobles cedieron, también, su denominación a la iglesia parroquial de Villalba (Santa María de Montenegro) y habitaron un pazo, que aún conserva su escudo, fuera del recinto amurallado, en los alrededores de la villa, probablemente unido con la fortaleza por una serie de pasadizos subterráneos. Allá por el siglo VIII y, previsiblemente, en el marco de las invasiones musulmanas que azotaban la península desde el año 711, sufrió la villa de Santa María de Montenegro un devastador incendio que la destruyó completamente

Durante 400 años dejamos de tener testimonio de su existencia, hasta que en el siglo XII aparece ésta mencionada con otro nombre, Vilarente.

No parece clara la fecha exacta de la construcción de la fortaleza y de las primeras menciones a la villa con su nombre actual, Villalba.  Algunos sitúan la fundación de este asentamiento en el siglo XI, mientras que otros localizan la primera mención del topónimo un siglo después, para hablar ya hacia el 1400 de una villa que formaba parte del señorío de Fernando Ruiz de Castro. Sea como sea, en la Edad Media la historia más relevante del ayuntamiento está directamente unida con una poderosa dinastía, los Andrade, quien extendió sus amplios dominios por las fortalezas de Betanzos, Ferrol, Pontedeume, Moeche y Villalba. La victoria trastamarista provocó la segunda donación de la villa a esta dinastía, esta vez por parte de Enrique II, al que Andrade ofreciera su apoyo en contra de Pedro I, quien, curiosamente, fuera su primer benefactor. El hecho de que esta fidelidad militar fuese premiada con una donación de tales características se sitúa en la línea de actuación seguida por la nueva dinastía entronizada, los Trastámara, que trajo consigo la ascensión de una nobleza laica muy belicosa y agresiva que atacaba monasterios, obispos, burgueses y campesinos y que necesitaba, por lo tanto, crear castillos como un símbolo de poder y, sobre todo, como elemento defensivo de sus dominios, cada vez más extensos debido a las mercedes reales.

En el siglo XV, a causa de los enfrentamientos entre las diferentes familias señoriales gallegas, entre laicos y eclesiásticos, entre campesinos y nobles, y, sobre todo, a causa de la Revolución Irmandiña esencialmente campesina, fueron destruidas muchas fortalezas, entre ellas el castillo de Villalba. De hecho, los mismos vecinos de la villa se alzaron en armas y destruyeron el primitivo castillo en 1431, cuando se sublevaron contra su opresor, Nuno Freire de Andrade, quien después obligó a los propios vecinos a reconstruir la fortaleza. En 1467, en la que sería la segunda y verdadera Revuelta Irmandiña, Afonso de Lanzós, Pedro Osorio y Diego de Lemos dirigieron un verdadero ejército popular que acabó con todas las fortificaciones de los Andrade, con excepción de la de Moeche.

El castillo villalbés reconstruido después del levantamiento Irmandiño constaba de un cuadrilátero con tres torres en los ángulos, además de la torre del homenaje. Esta última presenta una planta octogonal, desusada en la Península Ibérica y única en Galicia, la cual llegó hasta nuestros días. Fue reconstruida por Diego de Andrade, nombrado conde de Villalba por los Reyes Católicos en pago a su destacado papel en la corte, así como al gran apoyo que les prestó a éstos durante la Guerra de Granada. Tras el matrimonio de la hija de Fernando de Andrade con el conde de Sarria, la casa de Andrade se incorpora a la de Lemos. Curiosamente, se sabe que uno de los caudillos de la Revuelta Irmandiña, Afonso de Lanzós, pretendió construir, en un lugar aún hoy denominado “O Pazo” y próximo al aún conservado pazo de Samarugo, una fortaleza que compitiese con la de Andrade en Villalba, pero el conde no permitió semejante osadía.

La antigua torre del homenaje del castillo de los Andrade se reconvirtió en el siglo XX en parador de turismo, y en la última década sufrió una importante transformación y modernización. De hechura de mampostería de pizarra. Los ángulos y los arcos de los vanes son de cantería de granito. El conjunto aparece coronado por una barbacana saliente sobre modillones. Algunas piedras de la parte superior de esta se distancian para formar saeteras cerradas en su parte superior por almenas cuadradas.

Cuando mencionábamos que parte de la historia sigue presente, podemos referirnos a las antiguas rentas feudales, los capones, que hoy constituyen uno de los más preciados y exquisitos platos de nuestra gastronomía, y que han sido durante siglos forma de pago de rentas, marca de vasallaje, medios, en fin para contentar a los señores de la tierra.

Por otro lado, tenemos que mencionar el hecho de que Villalba no quiso desmarcarse de las corrientes de espiritualidad que inundaron la península en el marco de la civilización cristiana occidental. .

La eclosión del fenómeno paciego de los siglos XVI y XVII, debida a la introducción de maíz procedente de América y a la consecuente mejora de la situación económica de la hidalguía, dejó en el Ayuntamiento de Vilalba suntuosas casas hidalgas edificadas en el campo, poseedoras de signos heráldicos de mayores dimensiones que las normales en otras zonas y que constituyen un exponente de lujo de nuestras formas de la arquitectura popular.

Aunque no de forma tan intensa como en otras zonas de Galicia, Villalba también sufrió trastornos derivados del convulso siglo XIX y atribuibles a fenómenos históricos tales como la Invasión Francesa y la Primera Guerra Carlista. En la segunda mitad de esta centuria y a lo largo de todo el siglo XX fue la villa el centro de una intensa actividad intelectual y cultural sin parangón en asentamientos de dimensiones similares. Tal es la razón de que nuestras calles llevan el nombre de escritores, poetas, pensadores y creadores, que honran su cuna más allá de nuestras fronteras.